Un libro escrito en red, imprescindible si eres una especie en evolución profesional.
Cada capítulo está escrito por nuestros expertos, con enfoques complementarios y conectados. Aportando conocimientos y experiencia práctica de cada asunto.
En mi reciente viaje a Israel, he visitado en la esquina sudoeste del mar Muerto, una meseta espectacular que es uno de los grandes símbolos de la independencia Judía: El bastión de Masada, donde los zelotes en el año 73, eligieron inmolarse antes que ser capturados y esclavizados por los romanos.
En el anterior post que escribía a principios de mes, comentab que lo que pasa cuando las familias empresarias se saltan alguna de las etapas (enseñar a hacer, hacer hacer y dejar hacer) en la incorporación de la siguiente generación al trabajo en la empresa familiar. Como lo prometido es deuda, en este analizaremos las consecuencias de no evolucionar hacia la siguiente etapa cuando ya se está maduro para ello y, en particular, cuando la etapa DEJAR HACER no acaba de llegar…..por unas razones o por otras.
En algunos casos, por desconfianza del futuro sucedido (fundada o no) hacia las capacidades de los sucesores para gestionar la empresa, para convivir armónicamente, cuando son varios, en la gestión, o para continuar y consolidar su proyecto empresarial, misión que exige un espíritu emprendedor que, intuyen, no ha resultado incluido en el ADN con el que han sido agraciados. A veces la inseguridad se deriva de la certeza de que los hijos/as no son clones de ellos, por lo que ven difícil que reproduzcan sus éxitos.
Hace un mes asistí a un acto con Rafa Nadal, y reconozco que me llevé más de lo que esperaba. Quizá porque estoy acostumbrado a escuchar declaraciones rutinarias y repetitivas de los deportistas. Pero Nadal me demostró una gran madurez mental y emocional no sólo con la raqueta, sino con las palabras, en la entrevista que le hizo Santiago Alvarez de Mon.
Relató un momento crítico de la final de Wimbledon de 2008. Había empezado ganando los dos primeros sets, pero había perdido los dos siguientes, y aún peor, había desperdiciado la oportunidad de dos bolas de partido, que habrían significado su primer título de Wimbledon. Todo esto teniendo en cuenta que el año anterior había perdido la final ante Federer, el mismo rival. En ese momento, en un descanso, le dijo en los vestuarios a su entrenador: “Puede que no gane el partido, pero no voy a fallar”.
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